Así que eres antisistema, cómo identificar si en realidad no eres parte de otro sistema nada más
En el principio hubo un pintor
En cada generación surgen personas que rechazan el status quo. Nacemos en un mundo con sistemas ya establecidos y, dependiendo de nuestra suerte, algunos deben conformarse con una vida dura: cultivar la tierra descalzos, acostarse al anochecer porque sin luz solar no hay nada que hacer, y soportar que otros vengan a exigir una parte de la cosecha bajo amenaza de destruir todo. Aunque creíamos haber dejado atrás esa dinámica medieval, seguimos atados a las leyes de la termodinámica. Mientras necesitemos energía para vivir, tendremos que comer y buscar protección. Por eso, las comunidades se forman para establecer orden y seguridad, y con el tiempo se unen para crear ciudades.
Lo que nos une, en esencia, es nuestra vulnerabilidad. La violencia ha sido, desde que desarrollamos pulgares oponibles, la fuerza de cambio más cruda y evidente, usada para quitarle al más débil lo que tiene. Por ello, las sociedades han buscado sistemas que permitan al vulnerable sobrevivir, producir y reproducirse. A lo largo de la historia, hemos experimentado con diversas formas de organización —muchas cercanas a la esclavitud— hasta llegar a este experimento caótico llamado democracia. Pero, ¿realmente funciona?
Tras la Gran Guerra, Alemania vivió un periodo devastador. Con 2 millones de muertos y el Tratado de Versalles despojándolos de todo, además de cargar con la culpa y reparaciones brutales, el país quedó en ruinas. La República de Weimar nació como un proyecto frágil, sumida en el caos político, con enfrentamientos constantes entre derechistas y comunistas sobre el rumbo a seguir. Después de sentir que su gobierno los traicionó y los dejó en una posición humillante, pocos querrían estar en su lugar.
En medio de este descontento, un pintor frustrado, que había sido un soldado condecorado pero terminó destrozado por la derrota, se unió a un pequeño grupo nacionalista en Múnich. Tras unas cervezas y discursos encendidos, logró inspirarlos para formar el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Para él, la libertad consistía en redimir al “verdadero pueblo alemán”, que, según su visión, había sido aplastado por invasores. Sus palabras calaban hondo en el resentimiento de soldados y trabajadores; no eran mayoría, pero sí lo suficiente para hacerse notar.
El alemán promedio vio en ellos una chispa de esperanza. La historia ya está escrita, pero las consecuencias fueron mucho peores de lo que imaginaron. Puedo entender a aquel hombre sin nada que perder, escuchando a un Adolf Hitler lleno de energía y determinación, ofreciéndole un motivo para seguir luchando. ¿Quién no desearía una salida a un sistema injusto? Sin embargo, hablamos de los nazis, un término que hoy se usa para descalificar y señalar como enemigo de la humanidad. Pero, ¿cuántas veces ha surgido un llamado similar a unirse a una causa radical?
La era del bigote
Un georgiano llamado Iósif robaba bancos para financiar su revolución. Exiliado en Siberia, siempre fue leal a Lenin, y eventualmente ayudó a derrocar al zar, llevando a su líder al poder en Rusia. Como secretario general del Partido Comunista, colocó a sus aliados en posiciones clave, aunque inicialmente su rol parecía decorativo. Tras la muerte de Lenin en 1924, maniobró con astucia: aisló a Trotsky, separándolo de las fuerzas militares, y consolidó un “socialismo en un solo país”. Expulsó a los internacionalistas de izquierda y se posicionó como líder de la Unión Soviética, ejecutando o enviando a gulags a rivales y a cualquiera que se opusiera.
A pesar de las diferencias ideológicas con los nazis y de un inicio hostil, tanto la URSS como Alemania compartían un pragmatismo implacable. El totalitarismo, aunque con distintos colores, se manifestaba igual: culto al líder, propaganda omnipresente y represión brutal, ya sea mediante la Gestapo y las SS o a través del NKVD. Si ambos regímenes hubieran optado por cooperar, probablemente se habrían repartido el mundo. Las opciones eran pocas, salvo la democracia.
La democracia salvaje
Repasar la historia de Hitler y Stalin es necesario para recordar que elegir a quienes nos gobiernan es un privilegio. Antes de ellos, el poder se heredaba por linaje o nobleza, una práctica que perdió vigencia tras la Revolución Francesa. La idea de que todos puedan votar abrió un camino para resolver diferencias de manera menos violenta... aunque no siempre. Hasta ahora, la democracia ha sido la base que sostiene Occidente.
¿Pero realmente tomamos las decisiones?
El 2019 fue un año caótico. Además de la pandemia de COVID-19, vivimos un nivel de agitación política sin precedentes. Y no era para menos: el mundo no se había recuperado de la crisis económica de 2008 por la burbuja inmobiliaria. El terreno estaba listo para que el descontento colectivo estallara. Miles de jóvenes, influenciados por ideas sistemáticas desde la academia, tomaron las calles, atacando a empresarios locales y enfrentándose a la policía en intentos de insurrección que desafiaron a los gobiernos de derecha predominantes.
Entiendo a quienes quisieron cambiar el sistema. Tenían razones válidas: el dinero no alcanza, los trabajos explotan, la educación deja deudas impagables y, al final, no hay empleo. Si analizas cada caso individual, es difícil no justificar el impulso de salir a las calles y destruirlo todo. ¿Quién no lo haría al ver que el 1% se enriquece mientras se ignoran las jubilaciones y el acceso a una vivienda para millones?
Hubo cambios. En Estados Unidos pasamos de Donald Trump a Joe Biden; en Chile, de Sebastián Piñera a Gabriel Boric. Las promesas eran atractivas: ayuda estatal, salud gratuita, educación sin costo, todo inclusivo y diverso. Todo parecía ideal.
El pico en el ojo
Podría extenderme sobre cómo los gobiernos surgidos de esas protestas violentas no cumplieron sus promesas. En Estados Unidos, Biden destinó billones a Ucrania mientras el gobierno inflaba fraudes como USAID y usaba la inmigración para ganar votantes demócratas, sin mencionar los escándalos de su hijo Hunter. En Chile, Boric y su entorno enriquecieron a sus cercanos mediante fundaciones que cobraban fortunas por trabajos triviales. El resultado: ambos gobiernos fueron tan decepcionantes que la gente volvió a apoyar a los candidatos de derecha que antes rechazaron, como Trump y Kast.
¿Cómo entender que, tras tanta lucha revolucionaria, el mundo parezca haber retrocedido política y culturalmente? No solo se trata de un cambio de gobierno; el lenguaje inclusivo ha perdido fuerza, el apoyo a políticas identitarias ha caído y muchos se ven obligados a moderarse.
¿De qué sirvió rebelarse al sistema?
Podemos aceptar una verdad incómoda: somos piezas de un juego con reglas opacas. Muchos se presentan como guías ideológicas, llenándote de libros y recetas para moldear tu pensamiento. Pero nadie admite que el juego está amañado, aunque no como quisieras creer. No hay un enemigo claro ni amigos verdaderos. Incluso cuando encuentras un grupo que parece aceptarte, basta con cuestionar sus dogmas para que te dejen de lado. Permanecer dentro de sus reglas es obligatorio, lo que equivale a renunciar a tu libertad.
Si intentas salir del sistema, cambiarlo o vivir sin persecución, inevitablemente caerás en otro sistema, oficial o no. Vivir como un disidente se vuelve aún más complicado.
Cómo vivir como un pirata moderno
¿Y si existiera una forma más cómoda de vivir, sin estar solo pero tampoco atrapado en un colectivo? Lo llamo ser un “pirata moderno”. Un pirata ve su vida como un barco. No se trata de saquear a otros, sino de ondear una bandera de libertad e independencia. Reconoce los sistemas de poder y sabe cómo moverse dentro de ellos para sacar provecho, sin someterse. No busca enemigos, pero sabe que todos lo ven como uno. Negocia su camino, entrega algo a cambio cuando es necesario y entiende que, aunque el caos puede ser útil, la paz también es esencial. La vida, especialmente la suya, siempre será su prioridad.
El pirata es un individualista que valora a otros con espíritu similar para alianzas temporales, pero nunca confía plenamente en su tripulación. La única regla en su barco es la fuerza y el respeto. Es un camino solitario, pero pragmático. Vivir con la libertad como meta aclara las prioridades.
No quieres ser comandado, encarcelado ni atrapado, pero tampoco ignorado. Eres un peligro para los gobiernos, aunque te necesitan. Tus viajes te han dado experiencia y habilidades únicas. No eres una ideología ni parte de un equipo; eres un agente del caos que despierta el instinto de libertad en otros. Ayudas a los náufragos si puedes, aceptas a todos —ladrones, marginados, prostitutas, asesinos—, pero nunca toleras ratas traidoras en tu barco. Inventas tu propia justicia, comprendiendo tanto al que sufre como al que lo tiene todo. Porque también lo quieres todo, pero sabes renunciar a ello para seguir navegando más lejos.
La vida del pirata es emocionante, aunque difícil. No busca la violencia, pero la enfrenta si es necesario. Como individualista ambicioso, evita las grandes peleas hasta que lo rodean. Y si eso pasa, sus cañones siempre están listos.
Más allá de la metáfora, pensar en términos navales tiene sentido. Las ideas son un mar, tu barco es tu experiencia, el viento tu habilidad y los cañones tu fuerza física y mental. Aunque muchos prefieren la estabilidad de tierra firme, quedarse en un solo lugar sin poder cambiar de rumbo es una prisión en sí misma.
Por experiencia propia, creo que buscar la libertad es un objetivo más sano que decidir qué es lo mejor para los demás, sin importar la ideología. Al menos, puedes estar seguro de que el pirata individualista eventualmente se irá y te dejará en paz.
Conclusiones
La historia se repite, y entenderla ayuda a comprender el presente. Muchos la usan para manipular tu percepción de la realidad, pero recordar que siempre han ganado “los buenos” revela que incluso los perdedores lucharon con argumentos de justicia. Somos tan valiosos como lo que otros pueden extraer de nosotros en un mundo visto como un juego de equipos. Al final, el único que realmente se preocupará por tu bienestar eres tú mismo.
¿Por qué arriesgarte sin entender las reglas del juego? Mejor cuestiónalo todo, incluso tus propias preguntas. Descubrirás no solo el sinsentido de muchas acciones, sino que forjarás tus propias ideas y valores, basados en el sentido común y el pensamiento crítico, conceptos que los grupos de poder prefieren ignorar porque una mente pensante es una amenaza.
No hay un camino definido, y no lo tengo para ofrecerte. Solo espero que puedas ver más allá de lo que tienes enfrente. Si llegaste hasta aquí, es porque estás buscando algo. Para mí, eso ya es suficiente. Gracias por considerar mis reflexiones.
Un abrazo, colega pirata.
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